martes, noviembre 01, 2005

Mariana y las rosas

Llegaban cada mes, como una sentencia, como incansable recordatorio de una realidad innegable. No importaban sus calladas lágrimas, ni sus desgarrantes súplicas, Mariana no podía hacer nada contra las rosas.

Aparecían en la mañana del tercer miércoles de cada mes, dieciséis blancas rosas desordenadamente dispuestas en ese elegante jarrón azul turquesa salpicado de estrellas. Tan puras, inmaculadas, elegidas por los dioses. Las odiaba, Mariana las odiaba.

Dondequiera que fuera, ahí estaban; en la cocina, en el dormitorio, en el reflejo del espejo retrovisor del auto, siempre mirándola tras su transparente perfección. Mariana odiaba las rosas y él lo sabía.

Él la observaba, extasiado, esbozando una malsana y adorable sonrisa, mientras sus ojos felinos se llenaban de gozo al saberla indefensa, vulnerable, delicadamente sometida.

Mariana se rodeaba de las rosas, de su nauseabundo olor. Disfrutaba segundo a segundo verlas marchitarse, y sentir como él perdía el alma en cada pétalo que resbalaba dibujando irregulares formas en el aire.

Ella sonreía, quería lastimarlas, quería lastimarlo, fantaseaba con tomar cada espina y encajarla en sus labios, y teñir con su roja sangre cada centímetro de las estúpidas rosas. Quería bañarse en su sangre y sentirse rosa.

Su tristeza la agotaba, su corazón se encogía, y sus pensamientos dejaban de replicarse en sus sentimientos. Fue así como el segundo miércoles de ese mes tomó una decisión. Nunca más, las rosas no volverían a presentarse acompañadas por su enigmática sonrisa. Nunca más volverían a llenar el aire con su embriagante color, nunca más, nunca más.

Y el día se vistió de noche, y por horas sus palabras fueron fieles guías de sus perdidas manos. Cómo lo amaba, su profunda devoción sólo podía igualarse al enorme desprecio que sentía por las rosas. Casi fue una pena que él jamás lo entendiera.

Ya no hay rosas, sólo queda el recuerdo de ardientes besos fundidos en cristal azul turquesa salpicado de estrellas. Mariana recorre las habitaciones y siente asco. Mariana no puede dejar de buscarse en los espejos. Mariana de vez en cuando abre las ventanas, para dejar que el aroma a tierra mojada se confunda con su soledad.

7 comentarios:

marisol dijo...

Nunca había escrito un cuento...

Estas palabras rondaron por mi cabeza casi un año hasta que acabaron por convertirse en uno...

BrezZeH dijo...

Que bonito...muy bonito, ahora que te leo, me doy cuenta que he perdido mi capacidad redactora, estoy llena de vicios y de modismos, muy malo...

PEro tu muy bien eh!!

Yayo dijo...

...
Realmente MUY bueno

rusted dijo...

donde la aversiòn a tu algo se encuentra tambièn en la delgada linea de la necesidad de tenerlo. irònico.

cecy dijo...

es hermosisimo!! :'( sigue asi :) saludines

sgenius dijo...

Profundo... pobre Mariana, pero qué vivencia tan profunda... dice una canción: el amor no es amor si no causa dolor.

52X Max dijo...

A mi me recordo a una cancion de un grupo ke no debe ser nombrado en este ni ningun otro blog porke acabaria por violar su integridad, pero solo me la recordo un poko.

Por lo demás, ke chilo cuento